Dejad que las suaves brisas de la aurora cristalina remuevan las cumbres mágicas de Arcadia, por aquí, por aquí en estos suelos benditos y terriblemente místicos del páramo arcaico, y así como cuando en los días sagrados, los sueños de vivir con los arpegios de los sueños se ciernan en la conciencia de Libertad. Las florecientes rosas de nuestra generación humana, vienen mostrando más espinas que pétalos delicados, el balance espiritual se desprende de su existencia como cuales hojas de roble en el crepuscular otoño.
No, simplemente no hay el Laus Deo que los milenarios quieren oír para aligerar nuestra carga de miseria, en los lares atropellados por el sistema del aislamiento de la luz, los gritos de las paredes enloquecen al alba porque estamos sordos, enloquecen porque estamos ciegos, porque nuestra conciencia está en el fondo de una laguna llamada Estigia.
Somos el fondo mismo de la amargura, somos un núcleo de ajenjo, azufre y asafétida cabalgando deliciosamente en las siete perdiciones del ser.
Será, será que tengo la razón, yo que apenas merezco bañar mi mano y pluma en el Leteo o quizá por piedad me dejaron que cruce el resuello de la muerte para pintar marcas de crápula escondida entre frases y frases de luz y sombra. Será que simplemente sueño que estamos soñando que tenemos deseos de no hacer nada y que los colores nos pinten las maravillas de natura en nuestras malditas máscaras.
Recuerdo tus besos noche mía, cuando miro la decadencia de los nuevos dioses y tan de repente el Absoluto me abre el alma para desencadenar mi contemplación en un rayo de luz arrebolada cada vez que lloro por tanto miserable en el noveno círculo del reino del dolor y rechinar de dientes.
Cuando la lluvia derrama su amor en las coronas cerradas de nuestro cuerpo, trata de acariciarnos y de lavar nuestros pensamientos, generalmente le devolvemos ese su cariño regalo para que en soledad muera de pena y llore por ella misma. La lluvia muere aletargada en el silencio de los bosques arcanos de la creación porque la maldecimos y el sol lo mismo hace porque nunca fuimos agradecidos por su gracia depositada en nuestra piel.
Los días de pasión se asoman para recordar que tenemos la misión de reencausar los pasos de la juventud actual, enseñando con nuestros actos la manera aproximada siquiera de padecer y morir psicológicamente para revivir miríficamente plenos de armonía y bienestar espiritual. Las razones son claras o se luminifican de entre las sombras para explicarnos el destino de nuestros pasos si vamos de regreso a nosotros mismos. Los días de la sagrada hecatombe se acercan en cada tiempo, en cada instante, en cada abrir y cerrar de ojos.
Dios, deja que tus manos acaricien mis razones, y que tu silencio hable en los coros de la luna, serán así oídas las palabras de quien muere sin morir en un epitafio de fonemas al amparo de una fulgente madrugada.
